sábado, 25 de noviembre de 2006

Teatro

Hace unos años viajaba en subte, venía sumido en mis fantasías o pensamientos, no sé bien. Lo cierto es que estaba fascinado y preso de ellos. La cárcel en la cual estaba era muy singular, entre una multiplicidad de actividades tenía la del teatro, que sin darme cuenta es donde me encontraba parado. Sin saber cómo, naufrago, extraviado entre las corrientes y oleadas de escenas que pasaban por encima de mi mudez y asombro. Esta situación me angustiaba en cierto modo porque en este teatro regía la ley de la prisa y entonces se diluían las escenas y un torrente de miembros y rostros me ahogaban. El guardia de la puerta se volvía loco por actuar, hasta que llevado por el desquicio de sus ojos irrumpió velozmente y me esposó; miré de soslayo y noté su nombre en el bolsillo izquierdo de su uniforme, se llamaba J.J.Vértigo. Me golpeó, tan fuerte, que me hizo volar hasta otro teatro, el teatro de lo real, el de gente apretada y ricos perfumes por la mañana. Entonces miré a otro preso que llevaba un libro, nuevamente de soslayo para que no advirtiera que lo miraba, porque la gente nos asustamos cuando se nos interpela fijamente con la mirada, me acerqué y leí en la introducción enciclopédica, el nombre del autor. Ese fue el momento en que me conocí en otro amigo. Después dejó de moverse el teatro, dejé de Girar, me empujaron hacia la puerta mis compañeros y empecé a caminar, cavilando sobre cómo es la vida, hasta llegar a mi celda en un primer piso de Tucumán y Maipú.